miércoles, 16 de noviembre de 2011

Devil´s Paradise


Estábamos en Tailandia y era el año 1987. Allí nos había llevado una producción alemana “Devil´s Paradise” (según una novela de Joseph Conrad). Colin Arthur como jefe de los departamentos de Efectos Especiales y maquillaje, Marisa Pino (yo), de ayudante en ambos, y para completar nuestro equipo unas diez o doce personas locales.

En cuanto a los actores eran: Sam Waterston (“Los gritos del silencio”), Suzanna Hamilton (“Pasaje a la India”), Jurgen Prochnow (“El submarino”), Mario Adorf, (“Lola”, “El tambor de hojalata”), Dominique Pinon (“Delicatessen”, “Amelie”), y otros cuantos mas. Director : Glowna Vadin

En el sur de Tailandia en medio de la selva, se hizo el rodaje principal. Era un lugar perdido fuera de las rutas turísticas, donde los nativos no habían visto nunca ningún extranjero, allí pasamos cerca de dos meses, viviendo en cabañas, rodeados de cocoteros, y con vistas magnificas al mar. No había teléfonos, ni comunicación con el exterior, solo la belleza de la vegetación y de los animales salvajes era todo (que no es poco) con lo que contábamos día a día.

 Localización cerca de Bainapao

Jurgen Prochnow, Suzanna Hamilton y  el director

El equipo, unas cuarenta  personas, estábamos repartidos por diversos lugares de la zona en grupos de chozas aislados entre sí, ya que no había hoteles ni nada semejante donde colocarnos. Lo mas parecido a una ciudad estaba a dos horas y pico en coche y a ella nos acercábamos los días festivos para tratar de comunicarnos con nuestras familias, cosa que nos solía llevar la mañana entera y a veces no conseguíamos telefonear en absoluto.

En estas expediciones nos solían acompañar Jurgen Prochnow y también Sam Waterston, que vivían en nuestro grupo de cabañas y así, entre los cuatro, aprovechábamos el vehículo, el intérprete y el chófer. El que solía tener mas suerte era Sam, llamar a U.S,A, era algo mas factible, lo conseguía en dos o tres horas. Las llamadas nuestras a Europa, eran mucho mas complicadas y frustrantes. Teníamos claro que pasadas cuatro o cinco horas había que abandonar la idea y como para entonces ya era hora de la comida la hacíamos por allí y luego regresábamos al “campamento”  pasando el resto del domingo jugando al póker.

Allí, en Bai-Na -Pao, un grupo de acogedoras nativas nos hacían las deliciosas comidas diariamente y se ocupaban de la limpieza de nuestras chozas, pero había un pequeño problema, allí también habitaban las enormes arañas, los insectos de todo tipo, las iguanas, y como esto no tenía nada que ver con el aseo de  las cabañas pues estábamos en su territorio, tocaba convivir con ellos sí o sí, con lo cual cada mañana antes de vestirnos y calzarnos, sacudíamos las prendas enérgicamente para que no se vinieran con nosotros “los otros” usuarios de las chozas.

Las chicas que cocinaban y limpiaban en Bainapao y yo

De cualquier modo aquello era lo mas parecido al paraíso y de todos los sitios del mundo donde he rodado o visitado, este lugar es y será siempre mi preferido. El trato directo con los nativos, participar en  sus costumbres, tal como ver en medio de la selva y a la luz de la luna un teatro de sombras de marionetas, sentados en trozos de troncos  caídos en el suelo, o poder husmear dentro del cutre fumadero de opio local sin problemas, para mí es algo impagable...

En una zona no muy lejana, de Bai- Na- Pao, teníamos montado el cuartel general de la película, es decir: vestuario, atrezo, producción, catering... todo ubicado en un claro del bosque. De aquí partía el equipo cada mañana a rodar donde fuere, pero con los actores ya maquillados, vestidos etc. Yo me solía quedar en el campamento semivacío si no me requerían en rodaje, pues tenía que preparar unas lanzas trucadas para una secuencia en la que los nativos mataban a Sam Waterston.

Y fue aquí donde la conocí. Apareció una tarde cualquiera emergiendo del cercano tupido bosque. Su  risa aún la tengo grabada en mi mente, la mas cantarina y alegre que jamás había escuchado y superior a todas las risas de todos los niños del mundo juntos. Su dueña era apenas una mujercita de 12 o 13 años que acarreaba un bebé: su hermanito, o tal vez su hijo y  lo llevaba sujeto a la espalda con una especie de manta multicolor que ataba a la altura de su incipiente pecho.

Ella se fué acercando poco a poco hacia mi mesa de trabajo, la curiosidad era mas grande que su timidez. Yo le sonreí para animarla, ella juntó las palmas de las manos e inclinó la cabeza al tiempo que murmuraba unas palabras en tailandés que naturalmente no entendí, contesté en inglés sabiendo que ella tampoco me entendería, pero al menos le hice saber que no era muda. Me miró sorprendida y siguió hablándome con suaves sonidos que cambiaban de tono como las notas musicales, de vez en cuando se paraba esperando que contestara, yo invariablemente lo hacía en inglés, y esto la dejaba perpleja, la niña no sabía de la existencia de otras lenguas que no fuera la suya, tampoco  sabía de gentes con otro color de piel, ni que hubiera otros países aparte de su jungla de aquel lugar remoto de Tailandia.

Le ofrecí una coca-cola, la miró recelosa, comprendí que no tenía idea de qué era, abrí otro bote, lo bebí para que me imitara, lo cual hizo enseguida y cuando terminó, su cara expresaba una felicidad que pocas veces vemos en nuestros niños occidentales. Soltó un sonoro eructo y se echó a reír, yo reí con ella, y a partir de ese momento siguió parloteando incansable esperando de algún milagro que me hiciera hablar su lengua. Como esto no sucedía de tanto en cuanto se quedaba pensativa tratando de entender el por qué de esta situación, y así pasó el tiempo. Mientras yo trabajaba ella fué tomando confianza, y decidió acomodar al niño en el suelo sobre su manta, una vez hecho esto empezó a alargarme los materiales que estaban extendidos encima de mi mesa, y que yo iba utilizando de vez en cuando. Estaba fabricando las lanzas retráctiles que necesitábamos para  la secuencia que rodaríamos en unos días. Cuando  anocheció  me dijo algo, recogió al bebé y, no sin antes de poner al alcance de mi mano parte de los materiales, se inclinó y después de saludarme se alejó, desapareciendo en segundos e integrándose con la naturaleza.

Aquí tenía mi taller de trabajo.

Al día siguiente hacia las cinco de la tarde oí pisadas que venían del bosque, era mi amiga y su bebé, pero esta vez venían acompañados de otros dos chiquillos de unos 8 ó 9 años. De nuevo el respetuoso saludo tailandés, luego  la niña dominando la situación, acomodó a sus amigos en sendas sillas alrededor de mi mesa. La cháchara incansable de los críos y la mirada  hacia el cajón donde guardábamos las bebidas me recordó que era la hora de la coca-cola. Les dí un bote a cada uno, ¡y como festejaron aquel lujo!, aquello sí que era una gran fiesta. Uno de los chicos cortó en trozos un coco que  llevaba en su bolsa y nos ofreció a todos, estaba  recién cortado,  jugoso y fresco, sencillamente delicioso.

Mientras, el trabajo seguía en marcha y yo tenía tres ayudantes. Les señalaba donde y como tenían que cortar las cañas de bambú y ellos, disciplinados, las iban acumulando a mi lado. También les enseñé a anudar los preservativos alrededor de la parte de la lanza que debía retraerse y al poco rato lo tenían controlado perfectamente.

Y pasó un día y otro...y otro. Durante el tiempo que estuve en aquel improvisado taller, no faltaron nunca a su cita a las cinco de la tarde. Ellos ponían los cocos y los anacardos, yo, las coca-colas, y todos éramos los mas felices del mundo compartiendo  nuestros pequeños tesoros. Hasta llegaron a  acostumbrarse a nuestro pequeño problema con el idioma, por señas nos entendíamos perfectamente.

Pero todo termina y llegó el momento de abandonar aquella localización, nos marchábamos  a otro lugar mas alejado. El día anterior a nuestra partida me las arreglé para requisar las coca-colas y las chocolatinas que quedaban en el campamento y esperé.

Mis amigos vinieron a su hora de siempre. Se organizó la merienda, ellos prepararon los cocos y los anacardos, yo las bebidas y alguna que otra golosina que había substraído al catering. Nos dimos nuestro pequeño festín, riendo como siempre a cada sonoro eructo de los niños. Pero estos de vez en cuando miraban inquietos la mesa de trabajo que estaba limpia de materiales, y la vista del campamento casi totalmente desmantelado, sin duda les preocupaba y empezaron a preguntarme cosas que no tenían respuesta.

Cuando terminamos la merienda me levanté, abracé uno a uno a los chiquillos que ya eran cinco, mas el bebé, y tragándome las lagrimas les despedí . Repartí todos  los botes de coca-cola que podían cargar entre ellos y les hice señas para que se fueran. Antes de perderse entre los árboles del bosque, me miraron por última vez. Nunca supe sus nombres...

Los niños “mis ayudantes” de aquellos días. En primer término, nativo maquillado “Al barro”.

Pero el trabajo seguía su curso y a los pocos días rodamos la secuencia de las lanzas. Colin había preparado un complicado sistema que dió muchos problemas, pero que funcionó.

El protagonista estaba mirando al mar en  lo alto de un pequeño montículo, y desde el bosque los nativos le arrojaban varias lanzas cruzadas que le sostenían en pie aún después de muerto, logrando un efecto visual muy interesante.

Para conseguir esto, Sam Waterston llevaba puesto debajo de su camisa, una especie de corsé adaptado a su cuerpo que hicimos en fibra de vidrio. En varios puntos del artilugio se añadieron unos cilindros de dos centímetros de profundidad donde debería encajar cada lanza y que al tropezar con el corsé, la punta se retraía  fijándose dentro del mismo. ¿Sencillo, nó? ¡Pues nó!

Las lanzas se deslizaban por un hilo invisible de tungsteno que partía desde cada cilindro  y terminaba  unos quince metros mas allá desde donde nosotros anudando cada lanza al final del hilo las enviábamos hacia su destino, quedando aparentemente clavadas en el actor.

Para rodar este farragoso efecto teníamos que preparar a Sam unas tres horas antes del rodaje. Primero maquillaje, luego los efectos. Se le anudaron los hilos invisibles en cada punto clave, en la camisa hicimos pequeños agujeros disimulados por donde entraría cada lanza, luego llevamos el otro extremo de cada hilo hasta donde la cámara no nos veía, y  desde aquí salían las lanzas una a una.

Preparación del truco de las lanzas.

Sam Waterston y Colin Arthur

El problema es que este tipo de hilo es muy fuerte pero muy delicado, tiene un grosor del tamaño de un cabello, poco mas, hay que tener mucho cuidado para evitar que se hagan nudos, y cuando consigues tirar una línea, poner la lanza correspondiente e intentas empezar con el hilo siguiente, solía ocurrir el desastre. Mas de cuatro veces  un despistado del equipo de rodaje olvidó lo que estábamos haciendo, pasando por medio y quedaba atrapado por el hilo invisible y en consecuencia deshaciendo el montaje. Decidimos poner pequeñas señales con papeles pegados a lo largo de los hilos según  terminábamos con cada uno de ellos, pero aún así algunos se siguieron enganchando hasta que pusimos a nuestros ayudantes haciendo guardia a lo largo de los hilos, al final después de toda una mañana de estrés, se consiguió rodar la secuencia.

Hoy día el ordenador hubiera eliminado todos los problemas, pero entonces... Se trabajaba de este modo, del cual no reniego en absoluto, pues era absolutamente creativo,  estimulante y posiblemente hasta adictivo.

Debo decir que la disciplina  y la colaboración  de un buen actor era/es esencial en estos casos. Sam Waterston, como gran profesional, no se quejó en ningún momento a pesar del calor y las horas pasadas enganchado a aquellos hilos y sin moverse. Fué sin duda una gran ayuda para nosotros.



En síntesis esto es lo mas complicado que hubo que hacer en esta película, el resto de los maquillajes, eran mas o menos normales, en alguna secuencia pinturas de guerra para los nativos, con los cuerpos  pintados de arriba abajo. Los chicos del equipo maquillaban a los chicos y nosotras a las chicas pues ellas iban completamente desnudas y hubo que contratar  prostitutas para  conseguir hacer este trabajo. En este caso hicimos nosotros mismos los productos de maquillaje recogiendo arena de la playa y coloreándola con pigmentos vegetales y así las pinturas realmente parecían de lo mas primitivo. En fin, este tipo de paridas ideadas por “el jefe”, nos hacía perder el  tiempo en cantidad y los chicos de maquillaje odiaban hacerlo, ellos me preguntaban “¿Para que habéis traído grandes marcas de maquillaje si luego nos tenéis todo el día recogiendo barro y secándolo al sol?”.

¿Qué decir? Pues que el que manda, manda... Y a regañadientes lo hacían, y guardo un gran recuerdo de dos de ellos, bastante majos, muy acostumbrados a maquillar... sobre todo a ellos mismos, pues eran travestís profesionales y muy buenos en un  show que tenían en Bangkok...

Ayudante de m-up Dominique Pinon y yo

Sam, Colin y Mario Adorf  fascinados con el ordenador de Colin.

Al cabo de un tiempo dejé de jugar al póker con los actores ¡Eran unos perfectos tahúres! Cada dos días querían cambiar la baraja de cartas, apostaban montón de dinero con una pareja de cincos... Yo, que  jugaba un póker parecido al de la señorita Pepis, no me hacía a perder o ganar tanto dinero, a pesar de que era con las dietas (que no había modo de gastar) con lo que se jugaba. “My better half”, Colin, hacía tiempo que lo había dejado y como yo me encargaba de que nos compraran las barajas, un día dije que me era imposible localizar mas cartas y terminé con las partidas a la luz de las velas. Desde entonces después de cenar nos dedicamos a...

¡Pero eso es otra historia!
-.-.-

Autora: María Luisa Pino
En este artículo han colaborado: Angel Caldito, José Manuel Seseña y Ricardo Márquez.